Estado de Excepción y toque de queda: habrá más de 3 mil militares en las regiones afectadas

Las autoridades comunicaron Estado de Catástrofe y toque de queda desde las 10 de la noche hasta las 06:00 de la mañana entre la región de Arica hasta Los Lagos. Al respecto, el Gobierno afirmó que actualmente desplegarán "mil personas y durante la noche más de tres mil efecti...

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China Hoy: El significado de los festivales

Este es un artículo de la revista China Hoy, que puedes leer completo en este enlace gracias al acuerdo con Efecto China. Por: Shi Wei* Para personas de todo el mundo, los festivales no son solo momentos que marcan el calendario, sino también contenedores de emociones y anclas de la memoria. Las ferias del templo, como la expresión más vívida del Año Nuevo chino, tienen sus raíces en los rituales de la antigüedad, integrando creencias, costumbres populares, comercio y encuentros alegres. Entre muros rojos, mercados floridos y callejuelas de piedra, despliegan tradiciones festivas repletas de calidez. Mientras tanto, en América Latina y el Caribe (ALC), al otro lado del planeta, la gente también marca el paso del tiempo con grandiosas celebraciones con flores, al son de los tambores o a través de rituales. Aunque están separados por montañas y mares, tanto China como ALC comparten un sentir similar, en virtud de festividades que surgen de la reverencia humana hacia el cielo y la tierra, y del anhelo por la vida. Comida: respeto por el patrimonio En medio del invierno de Beijing, cuando la nieve del muro rojo del Parque Ditan (Templo de la Tierra) aún no se ha derretido por completo, la Feria del Templo Ditan ya empieza silenciosamente. El tanghulu, un bocadillo tradicional chino de fruta confitada, brilla con un tono ámbar a la luz de la mañana. Con su sabor agridulce y una fina capa crujiente de azúcar caramelizada, el tanghulu se ha convertido en uno de los protagonistas en las fiestas del templo y marca el preludio del sabor del Año Nuevo chino, a lo cual se suman los aiwowo, suaves dulces de arroz glutinoso, o el té preparado en una gran tetera de cobre con pico de dragón. Al servir el agua hirviendo, el aroma del mijo, mezclado con la calidez del azúcar de osmanto, trae un goce a las papilas gustativas. Mientras tanto, el zumbido de doukongzhu (un juego mediante el cual se hace silbar el tronco hueco de bambú), las manos hábiles que soplan figuras de caramelo y el sonido claro de los molinetes giratorios dan a la solemnidad de los lugares imperiales un cálido bullicio de la vida cotidiana. En ningún lado hay altares imponentes, solo los deseos más simples de armonía de las estaciones y cosechas abundantes escondidos en una hilera de espinos confitados, en un tazón de té de mijo y en un saludo de "¡Bienvenido!". En el corazón de la cordillera de los Andes, durante la mañana del solsticio de verano en Cusco, Perú, la luz del sol atraviesa las nubes como hilos dorados, iluminando los antiguos senderos incas. La gente, vestida con coloridas ropas y adornada con plumas, lleva maíz recién cosechado, quinua y hojas de coca, mientras avanza lentamente hacia el Templo del Sol. El cuy asado, con la piel rostizada y el interior tierno, representa una ofrenda sagrada al dios del sol; la chicha, fermentada naturalmente del maíz, es ligeramente ácida y dulce, y se vierte en cuencos de barro como tributo al cielo, a la tierra y a los ancestros. Mientras el profundo ritmo de los tambores suena como el latido de la tierra, los bailarines cantan mientras se mecen, sus coloridas faldas ondeando como flores silvestres que brotan en la meseta. Pero todo ello no es una mera actuación, sino un ritual vivo. La Fiesta del Sol es silenciosa pero guarda un gran significado, como los vientos andinos cuyo su sonido ha permanecido intacto durante milenios. Flores: un lenguaje cargado de esperanza Si el Templo de la Tierra y Cusco expresan su reverencia al cielo y la tierra a través de la comida y los rituales, las flores se convierten, en otros lugares, en el lenguaje con el que las personas depositan sus esperanzas. A finales de invierno las calles de las flores de Guangzhou, provincia de Guangdong, ya empiezan a irradiar calidez. El mercado de flores de primavera se extiende desde el casco antiguo hasta la orilla del río de las Perlas. En medio de aquel mar de colores, la gente no solo compra flores, sino que se pasea en busca de buena fortuna según la creencia de que "las flores florecidas traen riqueza". El hecho de llevar a casa una maceta de naranjo está cargado de "gran suerte y prosperidad", mientras que colocar una rama de flor de melocotón en un jarrón atrae la "buena fortuna en el amor". El valor de las flores no está en su precio, sino en su simbolismo; la importancia del mercado no radica en su tamaño, sino en servir como un espacio para el encuentro familiar. Cuando cae la noche y se encienden los faroles de papel, las sombras de las flores y las voces y risas de la gente se entrelazan en un bullicio cálido y vibrante. La gente local así aguarda, con el lenguaje de las flores, el Año Nuevo chino. En Medellín, Colombia, la Feria de las Flores de Colombia se celebra en pleno agosto. Lo más conmovedor no es el deslumbrante desfile de carrozas, sino una procesión de flores llamada Desfile de Silleteros: pese a cargar cestos de madera adornados con flores, con un peso de más de 45 kilos sobre sus espaldas, los agricultores caminan con paso firme. Estos cestos, originalmente utilizados para transportar artículos de primera necesidad, se cargan de flores, como un tributo a la tierra y al trabajo. Las flores no solo son un símbolo de belleza, sino también de recuerdo; los festivales no son solo una celebración, sino también una herencia. La gente utiliza flores para venerar a sus antepasados y expresar gratitud a la naturaleza. En Guangzhou, la gente recibe el Año Nuevo con flores, mientras que en Medellín las usan para conmemorar la gratitud. Uno sucede en una ciudad costera en Oriente, y el otro, en la cordillera de los Andes. En tanto, mientras unos rezan por un año próspero, otros recuerdan el duro trabajo del pasado. Pero más allá de las particularidades de cada lugar, las raíces de los mercados y festivales de flores están profundamente arraigadas en un anhelo de vida, donde las flores convierten los días en poesías y transforman el trabajo duro en una luz de esperanza. 3 de marzo de 2025. Carroza de la escuela de samba durante el Carnaval de Río 2025, Brasil. (Xinhua) Carnaval en festivales Si las flores representan plegarias silenciosas, los tambores y la ópera se asimilan a ecos que despiertan la memoria colectiva mediante sonidos y colores. En Chengdu, entre invierno y primavera, la Feria del Templo Wuhou empieza silenciosamente. En tanto, mientras los faroles rojos cuelgan de los aleros, el mágico cambio de caras de la Ópera de Sichuan deleita a los niños. Mientras tanto, la gente se amontona en los puestos de comida para probar un tazón de fideos dandan, mientras el aroma picante, envuelto con el olor a pasta de sésamo, inunda sus fosas nasales; luego, dan un gran mordisco a sandapao (bolas de arroz glutinoso que se golpean tres veces contra una tabla de madera, con un ruido como el de los petardos), disfrutando de una fiesta llena de alegría. La feria del templo no representa solo un momento de diversión, sino también un baúl de recuerdos a medida que las linternas Kongming suben lentamente hacia el cielo, llevando consigo oraciones y buenos deseos. Mientras tanto, en Río de Janeiro, Brasil, el Carnaval celebrado al final de verano arrasa la ciudad como un fuego abrasador. Los bailarines de samba, adornados con plumas doradas, mecen sus caderas como olas del océano, batiendo los tambores tan rápido como el latido del corazón y tornando toda la calle en una animada fiesta. La gente baila y canta con desenfreno, no para olvidar, sino para liberarse por completo la última vez antes de la Cuaresma. Con sus cuerpos como bolígrafos y las calles como papel, la fiesta se torna en una ferviente declaración de libertad y vida. La Feria del Templo Wuhou de Chengdu oculta la historia entre aperitivos y óperas, utilizando un tazón de té y una lámpara para integrar la lealtad y la rectitud en la vida cotidiana; el Carnaval brasileño, por otro lado, entrega su alma al ritmo y al color, llevándose el peso de la realidad con el sudor de los cuerpos. Pero una mirada más atenta a los trazos audaces de las máscaras de la Ópera de Sichuan y al oro resplandeciente de los trajes de samba revela que en ambos los rituales son utilizados para contrarrestar el paso del tiempo. Pueden parecer muy diferentes, pero ambos responden a la misma pregunta: ¿cómo dotar de significado y alegría al día a día? Los festivales nunca son muestras culturales aisladas, sino ríos de emociones. Cuando los niños de Beijing disfrutan de pinturas de azúcar mientras contemplan los antiguos cipreses en el Parque Ditan; cuando los adolescentes cusqueños sostienen licor de maíz frente al sol naciente; cuando una abuela de Guangzhou lleva a su nieto a recoger una flor de durazno; cuando un anciano agricultor de Medellín lleva un cesto de flores por la ladera que cultivaron sus antepasados; cuando una aguda aria de la Ópera de Sichuan resuena en una casa de té de Chengdu; cuando los tambores en las calles de Río de Janeiro calientan el corazón; en ese momento, el anhelo de la humanidad por una vida mejor trasciende el idioma y las fronteras. Ya sea en Oriente o en ALC, el significado de los festivales reside, en última instancia, en facilitar que las personas puedan trascender su individualidad y retornar a la calidez del "nosotros", y en hacer una pausa en medio del ajetreo de la vida moderna con el fin de recordar el camino recorrido, abrazar el presente y confiar en el mañana. Esta es la luz más simple y, a la vez, la más brillante de la civilización. *Shi Wei es directora del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Sichuan y decana de la Facultad del Español de la misma universidad.


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